
Hay mucho por hacer, sigamos entonces.
Es un blog para estudiantes, profesionales de psicología y todas aquellas personas que compartan con nostros esa afición y admiración por una disciplina cuyo campo de estudio es, precisamente, el mayor misterio de nuestra vida: Nosotros mismos.

Tengo muchas ganas de retomar el blog, y hacerlo como es debido. Hay varios temas en el tintero y cuando me quede más tiempo libre (confío que llegará el momento) espero poder compartirlos.
Mientras tanto dejo un pequeño sondeo que ha surgido en una clase de Análisis del Comportamiento.
¿Qué opináis respecto a la siguiente cuestión?
* ¿Los habitantes de países pobres son más felices que los de países ricos?
* ¿Los habitantes de países pobres son menos felices que los de países ricos?
* No hay diferencias.
Y el porqué.

A lo que he llamado motivo Víctor Frankl lo llama sentido. La primera vez que leí algunos capítulos de su obra, hace ahora tres años, recuerdo cómo me impactó leer acerca de los estragos que puede llegar a causar la pérdida de la fe.
Por supuesto, no hablamos de religión; afortunadamente cada uno de nosotros hemos depositado nuestras esperanzas en algo o en alguien y, aunque esos valores puedan cambiar a lo largo de nuestra experiencia, nos conviene perseguirlos una vez que los hayamos identificado.
Encontrar un sentido a la vida no siempre es fácil, Frankl nos lo puede corroborar desde su experiencia como prisionero en Auschwitz. Para él, en aquel momento, fue su obra, un trabajo inconcluso que, de ser acabado, le conferiría la gloria de la inmortalidad.
Muchos de vosotros, quienes me seguís desde mis comienzos, ya habréis adivinado mis “tendencias” acerca de las distintas religiones. Así, no os sorprenderá que cuando leo a este psiquiatra austriaco plantear la posibilidad de encontrar sentido a la vida a través del sufrimiento adopte una primera actitud de reserva. Ese es el axioma del judaísmo, el islamismo, el cristianismo y otras doctrinas religiosas: Hemos venido a este mundo a sufrir, todo el sufrimiento de esta vida será reemplazado en aquella con gloria eterna.
Sin embargo, V. Frankl es bastante objetivo si lo contemplamos desde la ventaja que nos da el conocer algunos datos de su vida. Hablando de cómo el sufrimiento puede conferirle sentido a nuestra vida, escribe:
“(...) Y el tercer cauce para encontrarle un sentido a la vida es a través del sufrimiento.
Cuando uno se enfrenta con un destino ineludible, inapelable e irrevocable (una enfermedad incurable, un cáncer terminal...), entonces la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí, sino en la actitud frente al sufrimiento, en nuestra actitud para soportar ese sufrimiento.
Citaré un ejemplo muy claro: un doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. Era incapaz de sobreponerse al dolor del fallecimiento de su esposa, con quien compartió un matrimonio excepcionalmente feliz. Su esposa había muerto dos años atrás. ¿Cómo podía ayudarle? ¿Qué decirle? Me abstuve de comentarle nada y, en vez de ello, le pregunté: ¿Qué habría sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa lo hubiese sobrevivido? Bueno – dijo – para ella habría sido terrible, ¡sufriría muchísimo! >> Ante lo cual repliqué: Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero para conseguirlo ha tenido que llorar su muerte y sobrevivirla.
No dijo nada, me tomó la mano y, quedamente, abandonó mi consulta”
Algo más adelante explica: “(...) Pero permítaseme dejar bien sentado que el sufrimiento no es en absoluto necesario para otorgarle un sentido a la vida. El sentido es posible sin el sufrimiento o a pesar del sufrimiento. Para que el sufrimiento confiera un sentido ha de ser un sufrimiento inevitable, absolutamente necesario. El sufrimiento evitable debe combatirse con los remedios oportunos, el no hacerlo así sería síntoma de masoquismo, no de heroísmo”
Frankl ha llamado logoterapia a la terapia que se apoya en el <<logos>>, en el sentido, o la meta.
Nunca antes había oído hablar de esta terapia y de todo el conjunto de teorías que engloba. Es una lástima que en cinco años de carrera se repitan asignaturas con nombres distintos y luego, claro está, no quede tiempo para conocer otras perspectivas que, si bien no son mayoritarias, sí que resultan interesantes y, por supuesto, útiles, ya que en psicología no existe una “varita mágica” que solucione todos los problemas y debemos nutrirnos de lo mejor de cada paradigma.
En estas líneas Frankl nos da su visión sobre el por qué de la afluencia de tantos casos de depresiones en la actualidad. Muestra cómo es posible aplicar esas teorías al tratamiento de fobias y otros trastornos de ansiedad. La verdad es que a priori no resaltan demasiadas barbaridades entre estos planteamientos.
Os transcribo otro párrafo para reflexionar sobre todo lo anterior. Hasta hace poco yo misma me he encontrado perdida, sin un sentido, sin saber hacia dónde dirigir mis esfuerzos. Puedo dar fe de la paz que genera verlo claro: Todo lo que ya he recorrido me ha traído hasta aquí. Ha habido momentos difíciles, a veces he sufrido, pero sobre todo he disfrutado, y sigo haciéndolo ahora, con mis ilusiones marcando el camino, otorgándole valor a mi pasado. No sé que me deparará el mañana, pero ahora tengo la actitud para afrontarlo.
“(...) La logoterapia, consciente de la esencial transitoriedad de la existencia humana, no es pesimista sino activista. Podríamos explicarlo de la siguiente forma: el pesimista se parece a un hombre que día a día arranca la correspondiente hoja del almanaque y observa, con miedo y tristeza, como se reduce según transcurre el tiempo. La persona activa igualmente arranca las hojas día a día, pero toma la precaución de archivarla junto a las otras y de anotar unas cuantas notas al dorso. De esta manera recoge y refleja, con orgullo y goce, el arsenal de valores atesorados en esas notas, unas notas escritas a lo largo de una vida vivida intensamente. ¿Qué le importa comprobar que va envejeciendo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a los jóvenes, o para sentir nostalgia por la lozanía perdida? ¿Por qué ha de envidiar a la gente joven? ¿Por el esplendoroso horizonte de sus posibilidades, por el futuro que les espera? No, gracias – se dirá -; en vez de posibilidades por hacer yo cuento con las realidades de mi pasado: mis trabajos, los amores sentidos y regalados y los sufrimientos asumidos valientemente. De esos sufrimientos es de lo que me siento más orgulloso, aunque quizá no susciten envidia.
¿Y vosotros? ¿Qué podría esperar la vida de cada uno de vosotros? Me gustaría saber qué veríais si, como sugiere V. Frankl, hicierais el ejercicio de situaros imaginariamente en el lecho de vuestra muerte recapitulando sobre vuestra vida. Seguro que encontráis las razones, los motivos, para despedir el mundo con una sonrisa de satisfacción.
El prisionero que perdía la fe en el futuro – en su futuro – estaba condenado. Con la quiebra de la confianza en el futuro faltaban, asimismo, las fuerzas del asidero espiritual; el prisionero se abandonaba y decaía, se convertía en sujeto de aniquilamiento físico y mental. Normalmente esto se producía de repente, en forma de crisis, no tanto por nosotros mismos, entonces ya no tendría especial importancia, cuanto por nuestros amigos. Solía comenzar cuando el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse, o a salir fuera del barracón a la hora de formar. Ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surtían efecto alguno. Se limitaba a quedarse en su lugar, sin apenas moverse. Si la crisis desemboca en enfermedad, entonces rehusaba ser conducido a la enfermería o aceptar cualquier tipo de ayuda. Sencillamente se daba por vencido. Permanecía allí, tendido sobre sus propios excrementos, sin importarle nada.
Una vez fui testigo del estrecho nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y este peligroso darse por vencido. F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista famoso, me confió un día:
“Me gustaría contarte algo, doctor. He tenido un extraño sueño. Una voz me invitaba a desear cualquier cosa, bastaba con preguntar lo que quería conocer y mis preguntas serían satisfechas de inmediato. ¿Sabe qué pegunté? Cuándo terminaría la guerra para mí. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Conocer cuándo seríamos liberados los de este campo y cuando terminarían nuestros sufrimientos.”
“¿Y cuándo tuvo usted ese sueño?”, le pregunté.
“En febrero de 1945”, contestó. Por entonces estábamos a principios de marzo.
“¿Qué respondió la voz en su sueño?”
En vos baja, casi furtivamente, me susurró:
“El treinta de marzo.”
Cuando F. me contó aquel sueño todavía se encontraba rebosante de esperanza y convencido de la certeza y veracidad del oráculo de la voz. Sin embargo, a medida que se acercaba el día prometido, las noticias que recibíamos sobre la guerra menguaban las esperanzas de ser liberados en la fecha indicada. El veintinueve de marzo, de repente, F. cayó enfermo con una fiebre muy alta. El treinta de marzo, el día en que según su profecía, terminaría la guerra y el sufrimiento para él, empezó a delirar y perdió la conciencia. El treinta y uno de marzo falleció. Según todas las apariencias murió de tifus...
Los que conocen la estrecha relación entre el estado de ánimo de una persona – su valor y su esperanza, o su falta de ambos – y el estado de su sistema inmunológico comprenderán cómo la pérdida repentina de la esperanza y el valor pueden desencadenar un desenlace mortal. La causa última de la muerte de mi amigo fue la honda decepción que le produjo no ser liberado el día señalado. De pronto se debilitó la resistencia de su organismo y sus defensas disminuyeron, dejándole a merced de la infección tifoidea latente. Su esperanza en el futuro y su voluntad de vivir se paralizaron, y su cuerpo sucumbió víctima de la enfermedad. Después de todo, la voz de sus sueños se hizo realidad.
La observación de este caso, y sus consecuencias psicológicas, concuerda con un hecho que el médico del campo me hizo notar: la tasa de mortandad semanal durante las Navidades de 1944 y el Año Nuevo de 1945 superó en mucho las estadísticas habituales del campo. En su opinión, la explicación de este aumento de mortalidad no había que buscarla en el empeoramiento de las condiciones de trabajo, ni en una disminución de la ración alimenticia, ni en un cambio climatológico, ni en el brote de nuevas epidemias. A su entender, se trataba sencillamente de la ingenua esperanza que abrigaron la mayoría de los presos de ser liberados por las fiestas navideñas. Según se acercaba esa fecha, y al no recibir ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor y les venció el desaliento. Muchos de ellos murieron al debilitarse su capacidad de resistencia.
Ya advertimos en páginas anteriores que cualquier intento por restablecer la fortaleza de los reclusos, bajo las dramáticas condiciones de un campo de concentración, debe comenzar por acertar en proponerle una meta futura, un objeto concreto que de sentido a su vida. Las palabras de Nietzsche “El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo” podría convertirse en el lema que orientara y alentase los esfuerzos psicohigiénicos y psicoterapéuticos con los prisioneros. Siempre que se presentaba la menor oportunidad, era preciso infundirles un porqué - un objetivo, una meta – a sus vidas, con el fin de endurecerles para soportar el terrible cómo de su existencia. ¡Pobre del que no percibiera algún sentido en su vida, ninguna meta o intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad para vivirla: ese estaba perdido! La respuesta típica de ese hombre frente a cualquier razonamiento que pretendiera animarle, era: “ya no espero nada de la vida”. ¿Existe algún argumento ante estas palabras?
(Viktor Frankl El Hombre en Busca de Sentido)
