..."Ésta es, pues, la historia de Virgil, la historia de una recuperación 'milagrosa' de la vista por parte de un ciego (...) Al principio hubo ciertamente asombro, admiración y a veces felicidad. Hubo también, naturalmente, un gran valor. Fue una aventura, una excursión a un nuevo mundo, algo que se concede a muy pocos. Pero entonces llegaron los problemas, los conflictos, de ver y no ver, de no ser capaz de elaborar un mundo visual y de hallarse al mismo tiempo obligado a renunciar al suyo propio. Se encontró entre dos mundos, y en ninguno a gusto: un tormento del que no parecía haber escape posible. Pero entonces, paradójicamente, se le otorgó una liberación, en la forma de una segunda y ahora definitiva ceguera: una ceguera que recibió como un don. Ahora por fin, a Virgil se le permitía no ver, se le permitía huir de la luz deslumbrante, del confuso mundo de la vista y del espacio, y regresar a su verdadero ser: el íntimo y concentrado mundo de los demás sentidos donde tan a gusto se había sentido durante casi cincuenta años."

En una anotación a pie de página, el autor comenta: "En su irónicamente titulada Carta sobre los ciegos: para uso de los que pueden ver (1749), el joven Diderot (...) afirma que los ciegos, a su manera, pueden construir un mundo completo y suficiente, poseen una completa identidad de ciego y ninguna sensación de discapacidad o insuficiencia, y que el problema de su ceguera y el deseo de curarla es, por tanto, nuestro, no suyo."
Me gusta este fragmento porque en él como en el resto del cápitulo se subraya la importancia del aprendizaje, incluso en algo que creemos tan automático como el sentido de la vista. Así fue la historia de Virgil, y su salvación llegó de la mano de una tremenda enfermedad que le devolvió su "ceguera" o, en su caso, que le hizo recuperar la claridad del mundo en el se había desenvuelto sin problemas hasta el día que la luz atravesó sus retinas.
