11 junio 2006

Siempre hay una primera vez...

Cuando me planteé la opción de escribir un blog decidí que versaría sobre psicología y desde la primera publicación siempre he intentado encajar contenidos relacionados con esta disciplina.

Esta vez haré una excepción, nunca me han envíado un meme, siempre hay una primera vez, y en esta ocasión ha sido A pesar de mí quien me ha pasado el testigo. El tema del meme: recomendar tres obras literiarias, auditivas o visuales, como dice A pesar de mí, es bastante difícil elegir solo tres, pero allá van.

Os diré tres obras que de una u otra forma han marcado mi modo de entender esta locura a la que algunos llaman vida:

Como obra literaria hoy me quedo con el Título: "En la noche no hay caminos" (Juan José Mira)

En formato auditivo no puedo borrar de entre mis recuerdos infantiles el disco titulado "Un largo abrazo de agua" (Quintín Cabrera)


Obras visuales..., al igual que me sucede con las literarias me resulta complicado decantarme por una, soy muy aficionada al arte en cualquiera de sus manifestaciones, pero voy a citar a Courbet. Nos quedaremos con "El taller del Pintor", pero cualquiera de sus obras suponen un fiel reflejo de la peculiar personalidad de este autor.


El taller del pintor


Espero que continúen esta cadena: Lorei, Kaftrado, Aruberuto y Search (mi amigo buscardor).

Todos los demás quedáis advertidos: le estoy cogiendo el gustillo a esto de los memes...

05 mayo 2006

Es cuestión de probabilidades ("Para Reflexionar")

El síndrome de Tay-Sachs afecta a 1 de cada 3.500 / 4.000 nacimientos (según datos del SIERE). Se trata de una enfermedad degenerativa del sistema nervioso causada por la falta de una enzima encargada de disolver las grasas en las células cerebrales.

Los niños afectados por esta patología se desarrollan con normalidad hasta los 8 meses aproximadamente, al llegar a esta edad se vuelven extremadamente inactivos, quedándose ciegos alrededor de los 12 meses. La mayoría muere al alcanzar los 6 años de edad. Este trastorno todavía no tiene tratamiento.


En el año 2003, por ejemplo, se jugaron en España algo más de 8.000 millones de euros en loterias y apuestas del estado. A esta cantidad habría que sumar el dinero invertido por el estado para tal fin. La probabilidad de que te toque el premio mayor en la loteria nacional de los jueves es de 1 entre 600.000


Sin embargo, la mayoria de los españoles (por no decir todos) habrán oído hablar en más de una ocasión de este juego de azar, en cambio, menos de la mitad conocerá la existencia de una enfermedad llamada Tay-Sachs. Por afectar a pocas personas (se considera una enfermedad rara) está justificada la falta de financiación para su investigación, pero contrastemos datos:


Probabilidad padecer el trastorno 1 entre 3.500
Probabilidad convertirnos en millonarios gracias a la loteria nacional 1 entre 600.000


¿Cómo justifican esta vergüenza?

28 febrero 2006

Consciencia Vrs Conciencia


Por casualidad ayer oí que muy cerca de mi casa alguien había atropellado a un ciclista y se había dado a la fuga. La fuente que me confirmó la noticia más tarde no pudo garantizarme las consecuencias que dicho accidente tuvieron para el ciclista, pero todo parece apuntar a que el atropello resultó mortal.

En el hospital veo a un paciente que despierta gran interés en quienes nos acercamos a él. Le tenemos un cariño especial y es que él es sobre todo así, especial. Le llamaremos T, un hombre muy correcto que cada día nos saluda al llegar y al salir de la consulta con un formal apretón de manos. Una persona encantadora que nos hace reír con sus chistes y ocurrencias, pero que también nos enternece con sus intentos y frustraciones. Él sabe que está, cognitivamente hablando, más limitado que antes y, por tanto, hay tareas que ahora se le resisten y es tan exigente consigo mismo que repite en casa aquello con lo que ha tenido mayor dificultad durante la visita, de forma que el siguiente día que lo vemos muestra una sonrisa picarona en la cara que espera que le pidamos que se enfrente de nuevo a la tarea para mostrarnos que ahora sí que es capaz de hacerlo. Se esfuerza tanto en mejorar que en 6 meses ha conseguido aquello que otros no logran nunca.

Justo después del accidente no paraba de hablar, su lenguaje verborreico y su nerviosismo impedían aprovechar las primeras visitas a la consulta, así hasta que conseguimos que permaneciera sentado y que obedeciera a la orden de: “T, cállese un momento, por favor”. Luego comenzamos a trabajar la escritura, primero copia, después dictados, y por último escritura espontánea. De una letra ininteligible y con grandes dificultades de ejecución, ahora tiene una de las caligrafías más bonitas que he observado. Sigue presentando algunas dificultades en abstracción, le cuesta hablar de aspectos globales de un objeto o situación, se centra en los detalles más concretos; así si le pides que defina un coche perfectamente podría decirte: “¡Sí hombre!, mi hija tiene uno verde precioso y no veas lo bien que va”. Nosotros insistimos, “T, tienes que definirlo de forma más general, por ejemplo, decirnos para qué se utiliza, cómo funciona, por dónde se mueve, etc”. T responde: “Bueno pues se utiliza básicamente para desplazar a las personas, y básicamente se utiliza para eso, vamos creo yo”. “Muy bien, pues defínenos ahora un león”. “Jajajajaja, ¿un león? Pues hay un chiste muy bueno de un león que dice...”

Nada, vuelve a hacerlo, en este punto tiene su asignatura pendiente. Ayer cuando lo despedía sentí una extraña tristeza, me invadieron unas ganas enormes de salir a buscarlo y decirle que se animara, que es un hombre de una gran fortaleza (aunque él diga que “débil de corazón”), que no se rinda, que es admirable su constancia, sus ganas, su empeño. Quería felicitarle por todo esto, pero ya se había marchado. Reservé esa sensación de presión en mi pecho para un momento más adecuado y proseguí con mi día, pero pronto la presión se transformó en algo mucho más doloroso cuando M me dijo que a T lo atropelló una moto que se dio a la fuga. Hoy, un año después de aquello seguimos sin saber quién conducía aquella moto. Si T hubiese tenido la oportunidad de saberlo, hubiese encontrado a la única persona capaz de responderle por qué.

T despierta en nosotros un raro instinto de protección, duele imaginarlo en medio de la calle abandonado, despidiéndose de una parte tan importante de sí mismo. Aquella parte que, por fortuna, a él le permite continuar con su vida sin pensar un solo día en su verdugo. Quizás éste último piense más en T de lo que quisiera.

13 enero 2006

Neglect


Ayer la vi por primera vez, vino a visitarme en su silla de ruedas. Alguien la arrastraba para colocarla justo en frente de mi mesa. Nada más entrar en la habitación dirigió su mirada hacia mí, de una forma que me hizo sentir especialmente incómoda, era una mirada fija, severa, pero no penetrante, acompañada de un gesto de desaprobación, y sin embargo, era una mirada vacía, que andaría perdida por la sala de no haberme interpuesto, casualmente, en su trayectoria. A primera vista era una mujer joven, de unos 40 años, que hablaba de forma pausada pero comprensible. En esta ocasión su visita respondía a un problema personal, derivado de su estancia en el hospital pero ajeno a su enfermedad. Por cierto, me preguntaba cuál sería, ¿qué déficit neurológico podría tener esta mujer (la llamaremos H) para recibir los servicios de la psicóloga del hospital?

He de reconocer que tardé un rato en darme cuenta, hasta ahora he visto a varios pacientes y todos presentan problemas de lenguaje (por fallos en la articulación o en la comprensión), o bien muestran afecciones en su memoria o en otros procesos controlados por el ejecutivo central que son “fácilmente” detectables tras los primeros 5 minutos de conversación. Pero H no daba indicios de ninguna de estas cosas, tal vez una persistencia excesiva, una reiteración y obsesión sobre la misma idea hasta el colmo del hastío, comportamientos que me hacían pensar en un posible daño sobre el lóbulo frontal; todo sería más fácil si pudiese leer su informe, y si en él los médicos detallaran este tipo de “micro-afecciones” que no aparecen en los resultados de sus pruebas, y por ello, merecen, la mayoría de las veces, su indiferencia.

Algún miembro de su familia nos comentó que H, solía ser una mujer muy callada antes del accidente, sin embargo, ahora hablar se había convertido en su distracción favorita, y para practicarla no le importaban las características de su interlocutor ni lo que éste tuviera que decir. Seguía recabando información sobre ella, la que me permitía aquella situación tan extraña de visitar a un paciente por motivos ajenos a su “enfermedad”. La clave fue un gesto, una actividad que pasaría desapercibida en cualquier momento, pero tan llamativa como la que más: H bebió agua y a continuación quiso buscar el tapón de su botella que acababa de dejar sobre la mesa, para su extrañeza, ahora el tapón había desaparecido. En realidad los objetos no desaparecen por arte de magia y H no tiene poderes de los mal llamados “paranormales”, el tapón seguía estando exactamente en el mismo lugar que lo dejó, a la derecha de su brazo derecho. Ella recordaba que lo había puesto allí hacía sólo un par de segundos, por eso volvió su cabeza hacia aquel lugar, pero en vano, no lo veía porque ahora el tapón quedaba en aquel territorio al que su lesión había declarado hostil por pertenecer al hemicampo visual izquierdo. Así que preguntó: “¿Tienes tú el tapón?”. En seguida respondí: “lo tienes ahí, H, a la izquierda de la botella”. Entonces lo vio.

Su síndrome es conocido con el nombre de Heminegligencia espacial, y se define como el fallo para antender a un estímulo en el espacio extracorporal, y toca, además, el conjunto de actividades del paciente como el vestirse la lectura, la escritura, etc. Es un trastorno de la atención normalmente provocado por lesiones en el hemisferio derecho. Es, como muchas, una alteración muy particular, pues los órganos y vías sensoriales están intactos y sin embargo la persona parece no ver (oír, o sentir) aquellos estímulos que pertenezcen al lado contralateral a la lesión. Es el ejemplo que seguramente ya habréis oído en más de una ocasión, cuando le pones un plato de comida a un paciente con Neglect y se come sólo la mitad del plato, dejando la otra mitad intacta y protestando porque sigue teniendo hambre; o cuando un paciente se peina o se maquilla frente al espejo y lo hace sólo en la mitad de su cuerpo. A menudo en la consulta basta una prueba sencilla para detectar esta desatención, consiste en pedirle al paciente que realice un dibujo siguiendo la copia de un modelo que le ponemos delante, lo que ocurrirá si efectivamente el paciente ignora los estímulos visuales de su hemicampo izquierdo, os lo podéis imaginar: su dibujo quedaría mutilado.
Copia de un dibujo realizado por un paciente con heminegligencia espacial.


El caso de H, impresiona aun más. Ya es asombroso ver a una persona que si gira su cabeza inducida por una instrucción tuya ve algo que antes era incapaz de percibir, pero además, H se sienta en su silla inclinada sobre la parte izquierda de su cuerpo, como si también a ella la ignorase, su negligencia le lleva a girar la cabeza hacia la izquierda dejándola caer sobre su hombro del mismo lado del cuerpo. Es como si no percibiese que esa otra mitad de su ser también existe, como si no notase que está ahí y que se le está “cayendo”. Esa es la sensación que da, como si su cuerpo se escorara sobre el ala izquierda y las noticias nunca llegaran hasta el capitán, (algunos simplifican esto con el nombre de heminegligencia personal o hemisomatoagnosia, pero no entraremos ahora en el tema).

Afortunadamente H ha mejorado enormemente, cuando se le recuerda que antes iba mucho más inclinada, corrige su postura, cuando se le dice que ignora todo lo que está a su izquierda barre la habitación en esa dirección. Logramos que cada día se haga un poco más consciente de su particularidad, pero ella sigue pensando que somos unos pesados, y cuando recibe a sus visitas les explica cuál es su problema: “la psicóloga dice que no veo lo que hay a mi izquierda”.

18 diciembre 2005

Blogger invitado

En noviembre recibí una invitación desde EnPsique para participar en su blog como invitado con motivo de su primer aniversario. Con mucho gusto acepté publicar en su blog, y el resultado ya puede ojearse. Os recomiendo leer otros interesantes artículos como el de "la sexualidad en EnPsique: una restrospectiva", o el artículo de Kaftrado (asiduo visitante de esta casa), titulado "Yo versus Superyo" (los dos publicamos sobre lo mismo pero con una orientación diferente, podemos asegurar que no hubo acuerdo).
Post breve, más bien un "redireccionable", dirigido a los fieles visitantes de este blog; las personas con más paciencia dentro de este universo de bitácoras.

08 diciembre 2005

Fobias


Camino de la facultad atravieso una larga avenida de cuatro carriles que discurre paralela al cuartel. Como en las grandes ciudades en épocas difíciles, los alrededores de este vasto terreno militar deben estar libres, tan sólo rodeados de avenidas o calles amplias.

Normalmente es un tramo del trayecto que pasa rápidamente, ya que como no hay obstáculos que sortear me dejo llevar por mis pensamientos y no vuelvo a ser consciente de lo que ocurre por allí hasta que comienzo a subir lo primeros peldaños que conducen directamente a mi facultad.

Pero hace un par de días algo rompió la rutina de este paseo, una chica que caminaba delante de mí, se colocó de pronto en el centro de la avenida, entre dos carriles por los que transitan gran cantidad de coches a esa hora. Intenté reconocer alguna clave en la escena que le hubiese hecho exponerse a esa situación tan peligrosa. A lo mejor la chica quería cruzar a la otra acera y se arrepintió a la mitad del camino, quizás había algo en la acera, una obra tal vez, que la hizo apartarse hacia la carretera, busqué cualquier pista que confirmara alguna de mis hipótesis, pero nada.

Al cabo de un par de metros la chica regresó a la acera y prosiguió como si nada. Me fijé en ella pero también en un chico que paseaba a su perro y que en ese momento se cruzaba conmigo. Entonces caí en la cuenta, yo no había visto el momento en el que la chica y el chico se cruzaron, y no me hubiese sido posible verlo porque ese momento no existió. La chica debía tener miedo a los perros y por eso huyó de ese encuentro.

Dicen que uno de los criterios para distinguir una fobia patológica de un miedo común es la interferencia de esa fobia en la vida diaria de la persona. En este caso la fobia no impidió que esta muchacha saliese a la calle, pero claramente la empujó hacia una situación arriesgada. Es interesante pararse a reflexionar en este punto. Subjetivamente el perro representaba para esta persona una clara amenaza, siguiendo a las teorías cognitivo-conductuales, la imagen del animal activaría una serie de pensamientos y sentimientos en esta mujer que finalmente serían los últimos responsables de su conducta. Sin embargo, objetivamente la probabilidad de sufrir consecuencias negativas por un atropello es mayor a la probabilidad de ser mordido por un perro (por no hablar del alcance de unas consecuencias frente a otras). Pero las personas que padecemos alguno de estos miedos irracionales no evaluamos nunca datos realistas como estimaciones de probabilidad, alcance de las consecuencias, alternativas basadas en la experiencia, posibles soluciones, etc.

Desde hace algún tiempo noté que las alturas me ponen algo nerviosa, especialmente cuando se trata de moverte próxima al vacío u observando la caída bajo tus pies. El problema es que mi miedo ha ido en aumento; lo que antes sólo me alteraba, ahora prácticamente me paraliza. Puedo andar por el borde de una montaña e ir ascendiendo o descendiendo por él mientras observo la ladera y la pendiente, pero lo hago a un ritmo mucho más lento que antes y con mucha más inseguridad. Es paradójico pero es el miedo quien crea miedo. Las primeras veces que me exponía a estas situaciones, como por ejemplo cuando subí a la torre Eiffel y veía el suelo de París entre el enrejado del suelo, pensaba que aquello estaba muy alto, que si me caía desde ahí arriba no lo contaría, y que todo se solucionaría si no me acercaba a la barandilla ni a las escaleras. Así, he ido aferrándome cada vez con más fuerza a señales de seguridad como ir delante o detrás de una persona en la que confío, pegarme siempre al lado interior y agarrarme a algo sólido antes de dar cualquier paso, etc. Todas estas conductas han conseguido que me sienta “menos incómoda” cuando tengo que pasar por alguna situación de este tipo. Esta reducción de la ansiedad resulta agradable para mí, lo que algunos psicólogos llamamos reforzante, y todo refuerzo incrementa la frecuencia de emisión de una conducta, con lo cual cada vez me agarro más fuerte y camino más lento, lo que hace que mi potencial en esas situaciones cada vez se reduzca más. Yo percibo esto, me percibo más torpe cada vez y esto me lleva de nuevo a pensar que voy a caerme, que me resbalaré, etc., el bucle infinito del que tantas veces oímos hablar y del que tanto cuesta salir.

Y luego viene la parte más dura, yo tengo éste y muchos otros problemas, yo soy psicóloga y he estudiado toda esa teoría sobre como se crean y mantienen las fobias, así como cuáles son los mejores métodos para erradicarlas, me empleo con ganas en solucionarlo, me repito la teoría una y otra vez, todas las veces que sea necesario, pero en la facultad sólo nos enseñan el papel del profesional, y me doy cuenta que representar al paciente es mucho más complicado, por eso ellos nunca dejarán de sorprenderme.

21 octubre 2005

Inteligencia. ¿Es posible crearla?


Acabo de leer algunos artículos en los que sus autores debaten acerca de si pueden o no pensar los ordenadores. En algunos puntos de esta acalorada discusión he tenido que apartar la vista del texto y volver a retomar el documento algún párrafo más adelante, y es que los autores se adentran en cuestiones que escapan a mi conocimiento, y otras que aun entendiéndolas no les encuentro el sentido.

Ante la pregunta "¿Pueden pensar los ordenadores?", la respuesta más visceral es un NO rotundo. Aceptamos que los ordenadores ejecuten programas que les han sido instalados, y que algunas de esas aplicaciones sean más avanzadas que otras, pero de ahí a que puedan pensar o sean seres inteligentes, existe un largo camino. Este debate, (como cualquier otro), tiene un final complicado, puesto que no sólo hay que llegar a un acuerdo sobre la existencia de una “inteligencia artificial”, sino que primero debe existir este mismo acuerdo respecto al constructo inteligencia. Está claro que dependiendo de la definición que tomemos la respuesta será distinta.

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, Inteligencia tiene varias acepciones:

1) Capacidad de entender o comprender.
2) Capacidad de resolver problemas.
3) Conocimiento, comprensión, acto de entender.
4) Sentido en que se puede tomar una sentencia, un dicho o una expresión.
5) Habilidad, destreza y experiencia.
6) Trato y correspondencia secreta de dos o más personas o naciones entre sí.
7) Sustancia puramente espiritual.

Si descartamos, para el caso que nos ocupa, las dos últimas y la cuarta, todavía nos quedan cuatro definiciones para elegir. En el artículo de John R. Searle, el autor argumenta que los ordenadores no serían inteligentes si adoptásemos la primera y la tercera acepción recogida en el diccionario. Sin embargo, creo que la mayoría de nosotros seríamos unánimes a la hora de aceptar que los ordenadores sí resuelven problemas, tienen esa capacidad (otra palabra controvertida). En este sentido serían inteligentes, además tendrían habilidad, destreza y experiencia para ciertas cosas. Pero hasta aquí no hemos resuelto nada, seguimos como al principio.

A mí me gusta la siguiente definición de inteligencia: Capacidad para resolver problemas y adaptarnos a las demandas de un medio ambiente cambiante. Y considero fundamental la segunda parte de esta definición, tanto, que sería desde esta posición desde la que me costaría más aceptar que los ordenadores sean inteligentes.

Comparo a un ordenador con una persona, pero no con cualquiera, sino con pacientes cuyo lóbulo frontal se encuentra dañado. Puede parecer sorprendente, pero un niño autista a menudo se identifica a sí mismo y a su memoria con un ordenador. Tienen una memoria magnífica, su capacidad para retener imágenes en la mente es increíble, igual que a la hora de acceder a estos recuerdos. Como si se tratara de un moderno DVD algunas personas autistas dicen poder seleccionar una escena de su mente y comenzar a reproducirla con todos sus detalles, detalles que para nosotros resultarían totalmente irrelevantes. Además de esto, pueden seguir reglas si éstas están lo suficientemente claras y especificadas. Ahora bien, son esclavos de un ambiente invariable (rutinario), a menudo tienen problemas en sus interacciones, les cuesta tomar decisiones, planificar una secuencia de acciones, no comprenden las metáforas, la ironía o el doble sentido, y la única empatía que son capaces de mostrar la han memorizado y mecanizado de forma que responden con la misma rígida fórmula a partir de algunas cuantas claves relevantes (cuidado con la generalizaciones que empleo aquí, tengamos siempre presente que cada persona es un mundo).

Oliver Sacks cuenta en una de las historias de “Un antropólogo en Marte” como un chico autista, con una destreza asombrosa para dibujar edificios, le saludó en una ocasión después de varias semanas sin verlo con un “Hola Sacks” efusivo, algo que logró conmoverlo hasta que comprobó decepcionado que el mismo tono y la misma expresión fueron utilizadas para saludar a otra persona que el chico no conocía y por tanto, por la que no debería sentir ningún tipo de afecto especial.

Así veo yo a los ordenadores, incapaces de tomar decisiones, porque como dice el artículo de Ramón López de Mántaras Badia, tardarían muchísimo en estudiar todas las opciones posibles. Utilizan la lógica: Todos los A son B; Todos los B son C; Luego todos los A son C. Pero no me los imagino utilizando heurísticos.

Los ordenadores no comprenden la ironía, las metáforas, no tienen iniciativa, no son capaces de rectificar (ser flexibles), no tienen preocupaciones, ni remordimientos, etc. Las personas tienen menos capacidad de almacenamiento, son más lentas a la hora de manipular datos formales y emitir una respuesta correcta, pero pueden utilizar atajos, a veces se equivocarán y otras no, pero así hemos sobrevivido a lo largo de tantos milenios.

No sé si los ordenadores podrán pensar algún día, ni siquiera puedo negar que lo hagan ahora, pero como Searle dice, una cosa es la semántica y otra la sintáctica, una cosa es resolver problemas mediante algoritmos y otra muy distinta desenvolverse cómodamente en un mundo cuya complejidad no es reductible a meras fórmulas matemáticas.


06 octubre 2005

El Parkinson, una vecina misteriosa.

La enfermedad de Parkinson (EP) es una enfermedad prácticamente conocida por todos. Para la mayoría de nosotros la palabra Parkinson está inexorablemente unida a temblor, al que otros, más “entendidos”, añaden rigidez, lentitud de movimientos, inclinación y rostro inexpresivo.

Se considera propia de la tercera edad, una alteración que suele aparecer en torno a los 60 años, sin embargo puede presentar también un inicio temprano (anterior a los 45 años).

Hasta ahora seguro que no he desvelado nada que no conocierais, pues bien, debo decir desde ya que seguiré sin hacerlo porque de eso precisamente trata el escrito de hoy. De lanzar hipótesis sin esperar respuesta, porque al parecer, en este momento, no existe solución para este interrogante, al menos no existe la solución, aquélla que no tiene excepciones y complace a todos.

¿Y cuál es ese gran misterio que subyace a esta familiar enfermedad?

En realidad el mismo misterio que comparten la mayoría de las patologías que tratamos los psicólogos, su causa.

Si buscamos en un manual especializado aparecerán en los primeros párrafos dedicados al trastorno esas dos palabras compartidas por tantas alteraciones psicológicas: etiología multifactorial, a continuación se nos desarrollarían brevemente cada una de las posibles causas hipotetizadas como responsables del origen de la enfermedad, por ejemplo: las genéticas, la hipótesis de un origen infeccioso (descartada para algunos), el envejecimiento cerebral normal, los traumatismos y, los agentes tóxicos internos o los externos.

Tal y como está el panorama, sería una locura comprometerse con una sola de las alternativas presentadas arriba, sin embargo, la última opción ha despertado mi interés de manera singular. Desde que vi este verano aquel documental titulado “El enigma del Parkinson”, en el que se planteaba esta hipótesis y se aportaban datos en su defensa, me puse a investigar sobre el tema de los agentes tóxicos ambientales y el Parkinson y hallé, a veces, cosas contradictorias (como que el tabaco parece proteger contra la enfermedad, mientras que otras plantas y semillas pudieran estar implicadas en el inicio del trastorno).

También que la tasa de prevalencia de la EP parece ser mayor en ambientes rurales; que la mejor forma de inducir un estado de “parkinsonismo” en el laboratorio es utilizando sustancias tóxicas; que de todo un equipo de televisión que rodaba en Vancouver, entre quienes se encontraba el actor Michael, J. Fox, 4 miembros desarrollaron esta enfermedad; y lo que parece haber dirigido de nuevo el interés de los investigadores hacia esta hipótesis ambiental planteada en 1.966 por O. Sacks, el hallazgo de un estado muy similar al acontecido durante el padecimiento de la enfermedad en personas que habían estado consumiendo heroína sintética, concretamente la sustancia más potente parecía ser la MTPT (una toxina neurtóxica que destruye las células de la sustancia negra, y que una vez fuera de nuestro organismo continua la degeneración celular).

Una de las fugaces protagonistas del documental era una mujer que por la razón señalada antes entró en un estado de “letargo” que le incapacitaba incluso para hablar. Lo más sorprendente fue observar su antes y su después de la intervención, el transplante de células sanas en el lugar de las dañadas, que restablecieron la función normal de ese área cerebral afectada. De esta forma la paciente pudo abandonar la silla de ruedas en la que había permanecido durante años, recuperar su tono muscular y erguirse, e incluso volver a hablar.

Con ella y otros muchos pacientes “ex - consumidores de cocaína sintética”, este tipo de tratamiento se ha mostrado radicalmente eficaz, sin embargo, no todo es optimismo, pues la duda ahora es si la misma intervención resultaría igual de bondadosa para “otras formas de Parkinson”.

Muchas voces dentro de la psicología y fuera de ella critican ese interés por “localizar” y “determinar” todo lo concerniente a un trastorno, argumentando que nuestro deber es curar, no investigar. Sin embargo, los que ya me conocéis sabéis que huyo de planteamientos reduccionistas, principalmente porque creo que adoptar este tipo de postura me impediría conversar con todo aquel que dijera lo contrario, (con lo que mermarían mis oportunidades para seguir creciendo), por tanto, me intereso por los orígenes del Parkinson porque creo que dada la variedad de potenciales factores etiológicos, cada “forma” de enfermedad (aunque siempre hablemos de la misma), podría necesitar un abordaje diferente; como cualquier persona que comparte una misma situación con otras miles en el mundo y, sin embargo, su problema sigue siendo único.



28 julio 2005

¿Quién descansa mientras duermo?


El sueño ha sido motivo de intriga para la psicología desde antes de que la propia disciplina existiese, los comienzos de esta ciencia aparecieron fuertemente ligados al estudio de dicho fenómeno.

Hoy, el sueño sigue constituyendo para muchos un exótico misterio, para otros simplemente lo último, pero para ninguno pasa desapercibido. Atribuirle al sueño un significado no es una idea descabellada, aunque dependiendo de qué entendamos por significado algunos de nosotros estaremos más o menos de acuerdo. Por ejemplo, el creer que soñar con una puerta predice una transición más o menos importante en tu vida dependiendo del tamaño de la puerta en cuestión, me parece un asunto que no merece más extensión que estas líneas. Para mí el sueño se apoya más en el pasado que en el presente, y esto mismo parecen respaldar las investigaciones actuales.

Podéis hacer la prueba cuando queráis, yo la hice después de leer “La interpretación de los sueños” de S. Freud, y aunque parece obvio no deja de sorprender el poder conectar cada trazo de recuerdo onírico con hechos de días recientes. A veces las relaciones entre el sueño y el día anterior están mediadas por multitud de intrincadas conexiones que escapan de nuestra lógica más inmediata, pero que si repasamos cuidadosamente nos llevan a descubrir las redes semánticas de nuestra memoria.

Según mi opinión (más que mi entendimiento), en consonancia con lo anterior, acabo de leer un artículo que explicita algunos estudios en los que se pone de manifiesto el papel consolidador del sueño sobre material recientemente adquirido. El artículo está publicado en Mundo Científico y se titula “Memorizamos mientras dormimos”. Su autora, Elizabeth Hennevin-Dubois, señala que esta hipótesis recibió en 1960 el apoyo de tres vertientes: 1) Datos que mostraban que fragmentos de experiencias vividas durante el día aparecen frecuentemente en los relatos oníricos; 2) Datos que mostraban que la proporción de sueño paradójico es mucho mayor al comienzo de la vida, un periodo crítico para las adquisiciones fundamentales y 3) Datos que mostraban que esta tasa de sueño paradójico se reduce en los sujetos deficientes mentales.

Como sabéis existen distintos estadios que atravesamos mientras dormimos, estadios caracterizados por un funcionamiento cerebral y neuromuscular bien distintos. De ellos se ha apuntado a que es el sueño de ondas rápidas, también llamado sueño paradójico, el encargado de facilitar la consolidación del recuerdo. Al parecer, mientras atravesamos estos periodos de sueño activamos recuerdos almacenados en nuestra memoria pudiendo incluso transformarlos, como en el momento de ser adquiridos. Es sorprendente que el efecto inverso también sea posible, es decir, podemos (bajo determinadas condiciones de aprendizaje), hacer que un animal (una rata en este caso) aprenda una tarea de condicionamiento clásico mientras duerme, sin despertarla, de modo que al día siguiente durante la vigilia conserve tal aprendizaje, es decir, no sólo “re”memorizamos mientras dormimos, sino que además aprendemos mientras nuestro cuerpo duerme.

El aprendizaje implícito es una realidad, y en este sentido no sorprende que durante el sueño (sin que en su momento seamos conscientes) sea posible aprender, pero al menos nos alerta de varias cosas, a la vez que nos proporciona pistas para conocernos mejor.

Desmitificado el carácter premonitorio de los sueños, no debemos sobrestimar su contenido, pero tampoco ignorarlo, pues cierto es que nos orientará acerca de aquella información recibida que resultó más llamativa para nosotros (tanto que necesitó un reprocesamiento extra). Tampoco sería justo que nos echáramos a dormir después de ojear los apuntes por encima esperando el milagro. La proporción de sueño paradójico aumenta después de ejecutar una tarea que precise de algún cambio en nuestras rutinas, una asimilación de nuevos conocimientos, nuevos movimientos, etc. Para que os hagáis una idea, sujetos sometidos durante varias semanas a un entrenamiento intensivo de trampolín, un deporte que requiere la adquisición de patrones motores totalmente inhabituales (traslación y rotación en las tres dimensiones del espacio) presenta una tasa incrementada (+26,5 %) de sueño paradójico. Este aumento no es mera consecuencia del ejercicio físico, pues no se manifiesta en sujetos que participan en cursillos intensivos de baile moderno o de fútbol, que ponen en juego patrones motores más familiares que el trampolín.

Otro dato, 4 horas de estudio de un texto de psicología social produce un 40 % de aumento de este mismo sueño, de modo que estad atentos a vuestro descanso esta noche, dejad descansar al cuerpo y trabajar a la mente, ella decidirá si debéis recordar los hallazgos de este estudio durante algún tiempo o, por el contrario, determinar que lo que habéis leído no ha servido para nada.

05 julio 2005

9º Congreso Europeo de Psicología...


Dije que escribiría sobre el congreso, por eso hago esto, pero en realidad no traigo buenas noticias.

Muchos de vosotros ya esperábais este resultado, así que creo que no voy a sorprender a nadie.

Ayer comenzé mi jornada a las 13:50 h. tuve tiempo para comer una croqueta y medio flan antes de que empezara mi turno (había que aprovechar los 9 € que nos regala la organización a todos los voluntarios en forma de tickets para el restaurante del congreso).


Llegué a la sala que me habían asignado y relevé a un compañero que llevaba 5 horas de pie y tenía mucha hambre, pese a esto fue bastante agradable. Me explicó qué teníamos que hacer, básicamente cargar presentaciones de los ponentes en el ordenador y estar pendientes de los micrófonos y las puertas. Asistí a tres conferencias, algunos ponentes traían buenos trabajos de investigación, o al menos, habían realizado una buena revisión de trabajos publicados en su área de investigación. Concretamente felicitaron a un ponente de la Universidad Católica San Antonio de Murcia, Aurelio Olmedilla Zafra, también a mí me pareció notable la diferencia entre el trabajo que él nos presentó y el que traían otros congresistas sobre el mismo tema. Como constituye una excepción creo que merecía ser nombrado.

Muy diferente fue el trabajo presentado por otros grupos de investigación, de ellos me reservaré el derecho a dejarlos en el anonimato, no vaya a ser que contribuya por medio del blog a difundir sus hallazgos. Además de la "utilidad" de su investigación (gastar dinero público en eso me parece una barbaridad, pero así funcionan las cosas y hay ciertas personas que siempre tendrán dónde comer), lo "mejor" sin duda fue la metodología empleada: Preguntaron sobre las creencias acerca de cuestiones académicas a un grupo de personas, a veces estudiantes - titulados - doctores - profesionales - profesores, otras veces sólo doctores y profesores, profesores y estudiantes, etc, supongo que dependía de las personas que andasen por allí cerca en ese momento. La pregunta concreta realizada no constaba en la presentación, tampoco íbamos a exigirles tanto. Las conclusiones: "sobre la base del número de sujetos entrevistados, esto es (doctores: 2, profesores: 7, titulados: pocos casos)". ¡POCOS CASOS!, si han contemplado hasta dos sujetos, ¿qué idea me hago de pocos casos?, ¿es que preguntaron a la persona que tenían más a mano y le dijeron suponte que eres titulado? Puesto que era lá unica que no pertenecía a su grupo de investigación dentro de las 10 personas que ocupábamos la sala, no noté a nadie sobresaltado por esas palabras. A su favor diré, que uno de los ponentes dijo, "en realidad debemos ser cautelosos con nuestras conclusiones debido al bajo número de sujetos consultados."

Hoy me han tranquilizado, ya que me han comentado que normalmente acuden a estos congresos personas que no han podido publicar sus trabajos y se conforman con verlos constar en las Actas del congreso. Si yo hubiese sido la autora de esa broma de mal gusto me hubiese gustado que alguna mano amiga me hubiese frenado cuando se me ocurriera la idea de dar a conocer a la comunidad psicológica europea mis desafortunados hallazgos. En fin, esos son mis profesores, ahí se forja mi formación como psicóloga, todo un orgullo.

La única conferencia que hubo de grupos extranjeros, versaba sobre psicología social, muy centrada en la validación de un instrumento que habían construido para medir determinadas variables como motivación, extraversión, etc. Me pareció bastante aburridilla, aunque aquí tuve más trabajo porque la luz se fue en todo el edificio varias veces y hubo que avisar a los técnicos para que arreglaran el cañón de luz y el portátil, se perdió muchísimo tiempo y los ponentes se acordaron bastante de la organización española.